Y descendió el caballero de su fría torre,
tomó las riendas de su corcel
y atravesó la llanura cortando el aire.
El eco de su dolor retumbaba en la montaña,
valle abajo corría cada lágrima vertida
alimentando así, su vieja herida.
Al anochecer vencido estaba en cuerpo y alma,
y en aquella pradera blandió su espada.
Era ella y no otra la causante de su mal,
era ella, la que ahora, yacía moribunda.
Defiende tu derecho a pensar, porque incluso pensar de manera errónea es mejor que no pensar. (Hipatia de Alejandría)
miércoles, 30 de junio de 2010
martes, 8 de junio de 2010
1440 minutos
Dicho así, 1440 minutos parecen tanto tiempo. Una inmensidad de segundos y centésimas aparece ante nuestros ojos, mostrándose soberbia, altiva, invitándoos a malgastar todos esos minutos de sobra. Atónitos ante las manecillas del reloj no percibimos su maquiavélico plan. Giran y giran y el atento ojo, que desconoce el mecanismo, mira donde no hay nada que ver. Por que el tiempo, amigos, no se ve, no se huele, no se toca. Pasea entre nosotros impune, rozándonos la piel, marchitando nuestras vidas sin importarle nada. Y el Hombre en su afán de controlarlo todo, intento acotarlo; inventó calendarios, relojes de todos los tipos, pero el tiempo seguía escapándose. Luego decidió que la mejor manera de controlarlo era marcar un espacio para cada actividad, pero aún así no fue suficiente. Y ahora, embobados por nuestras ilusiones, embotellamos nuestras vidas en algo llamado "agendas", para que nuestra fugaz vida no se escape. 1440 minutos parece tanto tiempo, pero un sólo día... se hace tan pequeño.
domingo, 23 de mayo de 2010
DIFERENTES
Esta semana publiqué un post en el blog de "Cegados por la Egolatría" que trataba sobre los orígenes del juego de la oca. En las primeras frases hago referencia a todas aquellas tardes que invertí en tan misterioso juego, a lo que mi colega Ray respondió que él siempre había sido más de jugar al parchís. Ahora entiendo el por qué.
Para que podáis entenderlo, primero tengo que hablaros de los orígenes del parchís: Nacido en la India en el s. XVI con el nombre de Parchisi, llega hasta nosotros como una fiel representación del original. El tablero en forma de cruz es la copia del jardín del emperador Akbar el Grande. El centro del tablero representa el trono en el que se sentaba el emperador en el centro del patio. Por otra parte, las fichas eran las muchachas indias más bellas que se movían de casilla en casilla y se disputaban el honor de jugar para el emperador. En lugar de dados se usaban conchas de moluscos que contaban un punto si caían con el hueco hacia arriba. Y de aquí sale su nombre, puesto que se usaban 25 conchas. Parchisi deriva de la palabra hindú Parcisi que significa 25.
Después de este apunte no se si empezareis a entenderlo, de todos modos seguiré con la explicación. Básicamente la culpa de que uno prefiera una cosa u otra radica, como de costumbre, en el cerebro, más concretamente me refiero a la amígdala cerebral. Este conjunto de neuronas localizadas en la profundidad de los lóbulos temporales tiene como una de sus funciones la involucración en la respuesta a las hormonas sexuales. Como contiene receptores tanto para estrógenos como para andrógenos surge entonces la teoría "derecha-varón", "izquierda-mujer" de la actividad de la amígdala. Así las conexiones de la derecha facilitan el seguimiento o vigilancia de los estímulos externos y la izquierda el de estímulos internos. Y en este punto es donde entra en juego lo que en psicología se conoce como "memoria genética". Muchas de las cosas que han llegado hasta nosotros son debidas a este tipo de memoria presente desde el nacimiento y que existe en ausencia de experiencias sensoriales y que es incorporada al genoma a lo lardo de largos períodos de tiempo. Esto explicaría porque un individuo arrastra tras de sí las memorias y personalidades de nuestros antepasados.
Si unimos todos estos puntos llegamos al final del laberinto. Por todo ello una vez se activa la parte izquierda de mi amígdala, me divierto con juegos que hacen pensar e investigar. Y debido a la activación de su parte derecha Ray disfruta más con el parchís porque su memoria genética le transfiere el deleite de ver corretear por el tablero a jóvenes hermosas que se pelean por sus atenciones.
Para terminar me gustaría hacerlo con una frase que jamás había tenido tanto sentido para mi como en este momento: "Comerse una y contar veinte".
Al fin y al cabo somos diferentes.:P
jueves, 13 de mayo de 2010
Por tu amor

Sobre mi cabeza cae
la férrea noche,
sobre mi pecho pesa
la fría piedra.
Por tu amor...
Lágrimas de clavicornio
sesgan el aire,
versos olvidados
abandonados a su suerte.
Notas de dolor
van anidando en mi corazón,
cúan ancestral diana
atravesada por flecha envenenada.
Por tu amor...
Al alba,
en el aire dibujé tu sonrisa.
Huyeron entonces las nubes marchitas.
Al despertar, las añoradas palabras
revoloteaban entre tus labios
como gráciles mariposas.
Por tu amor...
Aquella mañana soñé tu piel,
y al diablo vendí mi alma
esperando no perder jamás,
tu amor de vino y miel.
lunes, 10 de mayo de 2010
El último viaje

Querido diario:
Esta noche ha vuelto a suceder. Agazapada en el sofá, con las rodillas pegadas contra mi pecho, dejé correr el tiempo esperando a que llegara. Pero no sucedió nada, sólo un leve sueño del que desperté enseguida. La ansiedad estuvo devorándome las entrañas, durante todo ese tiempo, como alimaña hambrienta. El corazón desbocado, amenazaba con salirse del pecho, una y otra vez. Y yo, allí, sin el valor suficiente para volverme a enfrentar a mi destino. Ayer se me olvidó decirte que estuve por la tarde con Cris, afortunadamente su brazo está mejorando, pero no puedo dejar de sentirme culpable. Si ellos se enterasen de todo, me apartarían de su lado como a una vulgar loca. No puedo confiarle mi secreto a nadie. Sólo a ti, mi querido amigo.
Cuando el reloj dio las cuatro, el sueño me venció. Decidí que no podía retrasar más lo inevitable, así que me fui directamente para cama. Me adormecí bamboleándome entre el dulzor a jazmín que emanaba mi almohada, y me agarré a ella, creyendo que me protegería de todo mal.
Pero no fue así.
No se cuánto llevaba durmiendo, me sentí tan despejada que creí que ya era por la mañana. Una inmensa felicidad embargaba todo mi cuerpo, que ya había dejado de pesarme. Me desperecé, y al abrir los ojos, supe que me había equivocado. Y esta vez era distinto. Noté frío, algo gélido recorría mi espalda; y al girarme vi el techo contra mi espalda. Grité. Lloré. Y cuando creí que la cordura me abandonaba, un halo de serenidad me hizo comprender aquello; si es que tenía una explicación. La habitación permanecía a oscuras, tal como la había dejado, sólo la luz de la luna que entraba por la ventana, permitía diferenciar unas siluetas de otras. Todo ocupaba su sitio, incluso yo, que dormía plácidamente en la misma postura que tomé al acostarme. Viajé por la habitación acariciando cada una de sus paredes, exploré cada rincón como si nunca hubiese estado allí, y de pronto una idea me abordó. Las ansias de libertad me condujeron hasta la ventana, pero entonces, noté un golpe seco.
Me quedé un buen rato quieta, sin saber que hacer, y cuando reuní la suficiente fuerza, abrí los ojos de nuevo. Estaba otra vez en cama, sin embargo todo era diferente. Alguien había estirado las sábanas, dejando la cama perfectamente hecha, y yo estaba tumbada encima pero con los pies sobre la almohada.
Dime que no estoy loca, dime que sólo son ansias de volar, que mi alma me abandona víctima del aburrimiento que padece en este triste cuerpo. Dime... que esta noche, no volverá a suceder.
lunes, 3 de mayo de 2010
Contigo... sin ti
miércoles, 28 de abril de 2010
viernes, 23 de abril de 2010

Tus ojos, son el alba
cuando despierto.
Tu boca, manantial nuevo,
que aplaca al sediento.
Tu cuerpo, arroyo fresco,
que sofoca mi fuego.
Pero por más que quiero,
no puedo,
por tus caderas navegar.
perderme en tus brazos,
mar inmenso,
en el que me quisiera ahogar.
miércoles, 21 de abril de 2010
AYA SOFIA (II PARTE)

Decidí quedármela, al fin y al cabo, era un regalo divino, el hijo tan ansiado que mis viejas entrañas ya no podían engendrar. Tardé varios días en encontrar un nombre apropiado para ella, pero el destino me trajo aquí en el siguiente mercado. Aquella mañana la ciudad estaba atestada de peregrinos, era casi imposible circular por las calles; de repente, nos rodeó una multitud y aún no se bien como, la niña se me cayó de los brazos. La angustia se apoderó de mí, creí que la había perdido para siempre; cuando fui capaz de moverme había transcurrido tanto tiempo que ya la daba por muerta. Pero al agacharme me encontré con esos ojos negros que me miraban, moviendo aquellos bracitos, y al abrazarla me sonrió; como si a pesar de su corto entendimiento me estuviese agradeciendo que la salvase de nuevo. Entonces supe que debería de llamarse Sofía; allí delante de su templo, ella, y no yo, le había devuelto la vida. Así ha transcurrido nuestra vida hasta hoy, entre pesares y alegrías nos hemos acompañado mutuamente; pero desde hace un tiempo me siento afligida, ya no soy la mujer que fui, los avatares del tiempo merman mis fuerzas, y se, que mis días están llegando a su fin. Por eso ahora, mi señor, le suplico que se haga cargo de ella, para que esta vieja deje ya de sufrir.
El Sultán accedió inmediatamente a la petición de la anciana, y se llevó a la joven con él al palacio de Topkapi. Al llegar, las más jóvenes del harén fueron las encargadas de asearla; se les ordenó que no escatimaran ni en tiempo, ni en dinero, debía de estar perfecta para aquella noche.
Tras terminar la reunión semanal con sus ministros, se dirigió de nuevo al palacio; esperaría el anochecer en sus aposentos. La curiosidad por encontrarse con la muchacha nublaba su juicio, y no sabía el por qué. Hacia horas que no se podía concentrar en nada, ni siquiera el olor de los vientos de guerra,que se aproximaban, borraban la imagen de su memoria.
En el momento que el sol empezó a ocultarse por el oeste, las puertas de su habitaíón se abrieron; tras ella, aparecieron dos enormes estatuas de ébano, eran los eunucos encargados de vigilar el harén, y que en aquel instante custodiaban a Sofía. Los despidió a ambos, y también a su guardia personal, a pesar de su férrea opsición; anhelaba estar con ella a solas, necesitaba empaparse de su vida, y de sus palabras. A medida que ella entraba en la habitación, la tenue luz iba iluminando su figura; las suaves sedas que envolvían su cuerpo sólo ocultaban parcialmente aquellas largas piernas, que parecían esculpidas por un artista. El joven se fue acercando a ella despacio, entendía que se sintiese asustada, rodeada por extraños en un lugar desconocido. Le tendió sus manos, y entonces sus miradas se cruzaron. Es hermosa- pensó el Sultán - tanto que supera a las doscientas concubinas que residen en mi harén. Sintió, en seguida, que su cuerpo era presa del deseo, su verga inhiesta pujaba dentro de sus pantalones como una bestia enjaulada; tenía que ser suya pero no quería que fuese a cualquier precio.
Se sentaron en el diván dispuesto en la ventana, charlaron animadamente, y bebieron vino; la noche estaba resultando maravillosa, las carcajadas inundaban la estancia, y el presagio de lo que acontecería flotaba en el ambiente.
Sus cuerpos embriagados se necesitaban, se buscaron con la mirada hasta que se fundieron en uno solo. Se besaron, frenéticamente, como si el mundo se fuese a terminar en unas horas. Entonces ella se levantó, y sentada sobre él, lo despojó de la camisa; con la punta de su lengua recorrió uno a uno todos los centímetros de su piel, acarició su nuca y su espalda con las yemas de los dedos, hasta que lo sintió gemir. Entonces le cogió una de sus manos, y le indicó el camino hacia su sexo húmedo, que palpitaba bajo aquellas lujosas gasas. Poco a poco, el muchacho la fue despojando de sus vestidos; el satén resbaló delicadamente por sus hombros, dejando al descubierto la turgencia de sus pechos; entonces se regodeó lamiéndolos hasta que sintió como se endurecían ante el contacto con sus labios. Durante un instante, ambos se miraron, manteniéndose en silencio; no había palabras en el mundo que les diesen consuelo, para que habían de malgastarlas. Se besaron, se abrazaron de nuevo, hasta que finalmente se poseyeron. Abandonados a su suerte, navegaron a la deriva hasta bien entrada la madrugada; ninguno de los dos quería volver a puerto. Aquella noche se juraron amor eterno; al día siguiente, el Sultán anunció su compromiso, y concedió a sus concubinas una carta de libertad.
martes, 20 de abril de 2010
AYA SOFIA

Aquella mañana decidió salir del palacio, a pesar de que su guardia le aconsejaba lo contrario; los ánimos se habían ido caldeando a medida que pasaban los días, y por su bienestar, los jenízaros rodeaban la ciudad apostados en lo alto de las murallas cubriendo las entradas y las salidas. El palafrén lo esperaba en el patio con su nueva adquisición; a sus ojos aquel animal era el ser más bello que había encontrado sobre la faz de la tierra.
Con paso firme se dirigió hacia la aldea, era día de mercado y las calles estaban atestadas de gentes; entre el bullicio de los que ofrecían voz en grito sus mercancías, se alzaban las de otros que regateaban intentando ajustar el precio. A medida que su corcel avanzaba, sintió en su piel la caricia de las sedas que ondeaban en los puestos, el color de los tapices teñían el paisaje a su alrededor, aumentando y disminuyendo la luz, como la haría el sol en su recorrido diario. Llevaba ya, tanto tiempo recluido, que su mente anestesiada no era capaz de asimilar tal cantidad de estímulos; de repente se sintió mareado, pero no quiso hacer un alto en el camino, prefirió continuar, y seguir deleitándose en aquel maremagnum. La calle llegaba a su fin, como un río que está a punto de colisionar en su encuentro con el mar, allí en la entrada a la plaza central el gentío se agolpaba en un intento de no ser arrastrados por la fuerte corriente. Era una plaza octogonal, y cada puesto, desde tiempos inmemoriables tenía su lugar; a la derecha las hogazas de pan blanco, aún humeantes, estaban dispuestas de forma piramidal, de forma que si algún ladronzuelo echaba mano de una de las de abajo, el resto se caerían, poniendo en sobreaviso al panadero. A su lado, y siempre en sentido contrario a la luz del sol, iban colocándose la fruta, la verdura, las especias, hasta llegar por último a los puestos de la carne y el pescado. Al llegar a la ciudad, a todos sus visitantes les extrañaba sobremanera, aquella particular disposición; y por supuesto, el Sultán también lo percibió, e hizo llamar a uno de los mercaderes para que le diese una explicación. El pescadero, fue el elegido, con presteza se presentó ante su amo portando el delantal lleno de sangre y de visceras; dejó caerse al suelo suplicando clemencia a su señor. A su señal, dos guardias lo levantaron del suelo, y uno de ellos le transmitió la pregunta al tembloroso mercader.
Con voz entrecortada le explicó que a lo largo de los siglos se había hecho de esa manera, por que los antiguos habían descubierto que los puestos colocados a la derecha recibían todo el calor del sol desde el alba hasta el mediodía; así pues llegada la tarde, la pestilencia emanaba de sus puestos debido a que la carne y el pescado comenzaban a pudrirse, ahuyentando a todo aquel que se acercaba dispuesto a dejarse sus monedas.
El Sultán complacido por la oratoria del vendedor, desmontó decidido a dar un paseo y mezclarse con el tumulto. Sus sentidos se veían ahora embriagados por los olores que se entremezclaban en el ambiente, era como una paleta inmensa de acuarelas reposando unas sobre otras, intercalándose, y volviéndose a separar por la mano de un pintor atrapado por sus musas. De repente algo llamó su atención, era el puesto más humilde de todo el mercado; el toldo que algún día había sido de un majestuoso color rubí, estaba hecho jirones, y pendía a ambos lados de un modo no predeterminado. Através de él, tímidos rayos de sol se colaban para reposar sobre la multitud de saquitos dispuestos a lo largo del mostrador; en el frente de cada uno de ellos rezaba un nombre: romero, hinojo, laurel, diente de león, manzanilla, té rojo, té negro, y así una larga lista que no parecía tener fin. Se quedó maravillado observándolos, embobado con aquella anciana, que con cada saquito vendido, obsequiaba a sus clientes con una historia. No podía dejar de escucharla, había algo en ella que lo atraía como un imán; hasta que de pronto, la anciana posó sus ojos en el joven Sultán, que permanecía allí de pie, como si de una estatua se tratase, sin hacer el más mínimo ruido. La anciana se le acercó, y tendiéndole una mano lo invitó a que la acompañase a su lado.
- Déjeme que le cuente una historia joven príncipe - acertó a decir la mujer. Ahora que mis días están llegando a su fin, necesito vaciar la difícil carga que he llevado estos años conmigo.
El joven parpadeo suavemente, y con un ligero movimiento de cabeza, le confirmó que estaba de acuerdo.
Entonces ella prosiguió: Aprendí este oficio de niña, ya que mis padres también eran mercaderes. He ido de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad, ofreciendo mi mercancía al mejor postor, sin ningún sitio al que regresar, sin el calor de un hogar que me resguardase en las frías noches de invierno. Por esta razón tampoco quise casarme, no podía hacerme a la idea de vivir de otra manera, y tampoco he tenido hijos, aunque, si le digo la verdad, a veces los eché de menos. Pero, un buen día, hace unos años, Dios escuchó mis plegarias, y de vuelta del mercado encontré algo en el camino. Era un fardo pequeño, de lienzo blanco, y enseguida pensé, en las buenas monedas que conseguiría por él, en el siguiente pueblo. Apuré el paso por miedo a que alguien más lo hubiese visto, y cuando lo tuve en mis manos, un gemido salió de dentro. Era ella; con una mano levantó una manta andrajosa tirada en el suelo,que estaba su lado, y con la otra señaló el cuerpo que descansaba debajo.
El muchacho, estupefacto ante tal acontecimiento, no tuvo palabras y le pidió amablemente a la anciana que continuase con la historia.
martes, 13 de abril de 2010
El Pueblo (III parte)
De camino hacia el hostal, el mecánico le informó que no se preocupase por nada, que el seguro se haría cargo de todo; incluido el hospedaje y el coche de alquiler que le traerían al día siguiente. No tardaron mucho en llegar al lugar, por lo poco que pudo ver Silvia, aquel era el único edificio de todo el pueblo que tenía dos plantas. Atravesaron la puerta de entrada, y allí además de la recepción se encontraba el bar, también el único del lugar como supo más tarde. Tras registrarse, el hombre se despidió de ella hasta el día siguiente, no sin antes entregarle una de sus tarjetas, por si necesitaba llamarle con cualquier duda. Creyó que le sentaría bien un café antes de acostarse, así que se acomodó en la barra esperando ser atendida. En seguida apareció una mujer bajita y rechoncha, ya entrada en años, y con una sonrisa tan grande que ocupaba parte de su cara. Venía de la cocina, y con ella un olor rancio, a fritura requemada, que inundaba toda la estancia, impregnándose hasta en la piel. Silvia sintió naúseas, pero con la mejor de sus sonridas intentó disimularlo. Tras servirle el café, la camarera se atrincheró frente a ella, era evidente que no se marcharía sin averiguarlo todo; Silvia entonces, se insufló de valor y se dispuso a ponerla al corriente de todo lo acontecido. En medio de aquella conversación se enteró de que aquel pueblo se llamaba Villalpando, a unos cuarenta quilómetros de Benavente. Al oir ese dato sus músculos se relajaron, era como si supiesen que la civilización estaba ahí, a un par de pasos. Entonces los párpados empezaron a pesarle, había llegado la hora de irse a la cama. Se despidió cortésmente de aquella buena mujer, y escaleras arriba fue hacia su habitación. No era gran cosa, la decoración estaba pasada de moda, y la pintura de las paredes empezaba a desconcharse por alguna esquina, pero al menos tenía baño propio. Se sentó en un lado de la cama y se sacó las botas, en seguida se sintió aliviada y sin terminar de desvertirse se quedó dormida. Bien entrada la madrugada algo perturbó su sueño, medio atontada se incorporó en la cama y permaneció en silencio intentando averiguar aquello que la había despertado. No oyó nada. Se levantó, el despertador marcaba casi las tres de la mañana, y fue hacia la ventana. Allí fuera todo parecía estar en calma, hasta la luna aquella noche parecía tímida escondiéndose tras las nubes. Convencida ya de que todo había sido fruto de su imaginación, corrió las cortinas y se dirigió de nuevo hacia la cama. Al cabo de unos minutos volvió a escucharlo, y esta vez sabía que no lo había imaginado: era un susurro. Se dió la vuelta y metió la cabeza bajo la almohada, pensó que a última hora alguién había ocupado la habitación contigua, y que de sueño ligero intentaba entretenerse con algo de televisión. No le dió importancia e intentó conciliar de nuevo el sueño. A pesar de sus intentos seguía escuchándolo y su paciencia estaba a punto de acabarse. Sin dudarlo se levantó, se vistió rápidamente con intención de visitar la habitación de al lado y dejarle claro a su inquilino que no eran horas para estar molestando. Llamó un par de veces a la puerta pero no obtuvo ninguna contestación, lo que la irritó aún más. Atrapada por la desesperación abrió la puerta de la habitación, pero allí no había nadie. No podía creer lo que estaba sucediendo, acaso se estaba volviendo loca. Corrió por el pasillo y a toda prisa bajo por las escaleras con la intención de encontrar alguna respuesta. En el bar tampoco encontró a nadie, entonces se acordó de la tarjeta que le había dado el dueño del taller. Le llamaría, en aquel momento era la única opción que tenía para aclararlo todo. Durante una hora marcó aquel número una y otra vez, hasta que las yemas de los dedos se le adormecieron, pero nadie le respondió. Sin embargo, por una vez en su vida aquel revés no la amilanó lo más mínimo, intentaría que algún vecino le ayudase. Fue visitando cada una de ellas, y tampoco encontró a nadie, parecía como si se los hubiese tragado la tierra. Impotente ante aquella situación pensó que era mejor volver al hostal y esperar a que amaneciese. Seguramente todo aquello tenía una buena explicación, y si no era así la luz del día la haría pensar con más claridad. Agotada por todo aquel ajetreo se durmió inmediatamente, su cuerpo flotó en una delicada nube hasta que al amanecer un gallo la despertó. Todo su cuerpo vibraba por la ansiedad acumulada, le parecieron eternos los minutos que pasaron hasta que logró llegar a la cafetería. Allí estaban todos, unos apuraban el café, otros sólo charlaban, y la camarera seguía enfaenada en la cocina como la noche anterior. Se sentó en la barra, y esperó a que le sirviesen el desayuno porque todo aquel trajín de la noche le había abierto el apetito. Para matar la espera echó mano de la prensa local, y allí en primera plana ella era noticia. A medida que iba leyendo las lágrimas fueron resbalando por sus mejillas, no podía ser cierto. No quería creerlo. El Heraldo de Villalpando daba cuenta en su primera página de que aquella noche, la fatídica curva del carril de aceleración se había cobrado una nueva vida. Ya en las páginas interiores explicaba que aunque inicialmente la mujer había sobrevivido, habían sido las graves heridas internas las que la habrían conducido a la muerte durante la madrugada.
lunes, 12 de abril de 2010
El Pueblo (II parte)
A pesar del ofrecimiento por parte de la Guardia Civil, Silvia decidió montar en la grúa que llevaba su coche hasta el taller más próximo. El pequeño trayecto que la separaba del pueblo se le hizo interminable aunque su acompañante intentó darle charla un par de veces; ante tan evidente negativa su interlocutor permaneció en silencio el resto del camino. Se sentía incómoda, no podía evitarlo, nada más subirse al vehículo su piel se había erizado, la sangre le hervía en las venas, y en la garganta un nudo le impedía tragar saliva. Entonces comenzó a amargarse, le daba vueltas a la idea que se estaría formando de ella aquel hombre. Estoy quedando como una perfecta maleducada, sólo intenta ser agradable.- se repetía una y otra vez. Al cabo de unos veinte minutos estaban recorriendo lo que Silvia supuso era la calle principal del pueblo. No podía salir de su asombro, aquello era la nada en medio de la nada, como podía vivir alguna persona allí. Apenas había media docena de casas repartidas a ambos lados de la carretera, y al final de ella se encontraba el taller, que aún mantenía el porte elegante que sus constructores le habían imprimido, pero que los años transcurridos intentaban arrebatarle. Sobre el portón de la entrada principal pendía un cartel enorme, sujeto por dos gruesas cadenas oxidadas, que chirriaban mecidas por la suave brisa nocturna: Silvia comenzó a tener miedo. El conductor de la grúa también era el dueño del taller, así que al llegar abrió el portón e introdujo el vehículo de Silvia en la nave. Mientras Silvia permanecía atenta al descenso del coche, el hombre desapareció. Presa del pánico se acercó a toda velocidad al lugar donde lo había visto por última vez, pero no había ni rastro. Salió a la calle, y bordeó la nave con la intención de encontrar otra entrada, pero enseguida se dió cuenta se su error; la única salida era el portón de entrada. Volvió sobre sus pasos, y cuando estaba acercándose a la carretera una mano la asió del brazo. De su garganta emanó un sonido gutural, más parecido al de una bestia que al grito de un ser humano. Se quedó paralizada, no tenía valor para darse la vuelta y ver quién la estaba sujetando. Entonces creyó oir una voz que le resultaba familiar, sin apenas mover su cuerpo giró su cabeza. Allí de pie estaba él, el dueño del taller con el resguardo del depósito del vehículo. No pudo más y reventó a llorar, entre lágrima y lágrima una risita histérica asomaba a sus labios. El mecánico, desconcertado por la aptitud de Silvia, decidió que en aquel estado era mejor que la acompañase al hostal.
lo siento, el desenlace...en el próximo capítulo.
lo siento, el desenlace...en el próximo capítulo.
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