lunes, 22 de febrero de 2010


Cuando los tímidos rayos de sol inundaron parte de la oscuridad del cielo, ella decidió que la noche había llegado a su fin. Calle abajo, los tacones de sus zapatos repiqueteaban en los adoquines como gotas de lluvia sobre una ventana. La humedad lo invadía todo, embotaba sus pensamientos. El camino se hacía angosto por momentos, y en aquella soledad, abrazaba su propio cuerpo, intentando darse el calor que no había recibido aquella noche. Un ruido a lo lejos hizo que levantase la mirada, pero no fue capaz de distinguir lo que era...los párpados le pesaban como dos losas. Quizá fuese el alcohol que aún corría por sus venas, quizá el mundo se había vuelto loco alrededor de su cabeza, quizá...cúantas cosas. Da igual, ya da igual. Un día nuevo daba comienzo. Pero las fuerzas le flaquearon, y entonces dejó caerse en los brazos de Morfeo. Y allí en aquella angosta calle decidió que era un buen sitio, como cualquier otro, para esperar su llegada.

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