Somos lazos, cuerdas que penden del firmamento, anudados a esos ladrillos que lo conforman. Y como los hilos, hasta la más suave brisa es capaz de embrollarnos. Se nos anuda el estómago, se nos hace un nudo en la garganta, se nos anuda la lengua; hasta nuestros miembros son capaces de anudarse. Y en este cesto de mimbre, donde reposamos, nos anudamos a otro, al que tenemos al lado. No sé si por cercanía o por simpatía, pero así ha sido siempre. No hay nada que nos diferencia a unos de otros: las madejas varían de color, de tamaño también, pero al final todos permanecemos anudados, queriendo o sin querer.
Defiende tu derecho a pensar, porque incluso pensar de manera errónea es mejor que no pensar. (Hipatia de Alejandría)
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jueves, 11 de agosto de 2011
Nudos
Somos lazos, cuerdas que penden del firmamento, anudados a esos ladrillos que lo conforman. Y como los hilos, hasta la más suave brisa es capaz de embrollarnos. Se nos anuda el estómago, se nos hace un nudo en la garganta, se nos anuda la lengua; hasta nuestros miembros son capaces de anudarse. Y en este cesto de mimbre, donde reposamos, nos anudamos a otro, al que tenemos al lado. No sé si por cercanía o por simpatía, pero así ha sido siempre. No hay nada que nos diferencia a unos de otros: las madejas varían de color, de tamaño también, pero al final todos permanecemos anudados, queriendo o sin querer.
miércoles, 29 de junio de 2011
Maldición
Pérfidos los oídos
que sólo oyen lo que quieren oír.
Engañosos los ojos
que ocultan lo que no queremos ver.
Falsa esta lengua
que enmaraña las letras,
que atrapa y escupe palabras,
que se anuda en la garganta,
que nos impide respirar.
Maldito el mundo de cristales de colores,
la chistera y el conejo.
Maldita la falsa moneda,
tramposos todos los que negocian con ella.
Maldigo por siempre el perpetuo espejismo
de este ancho desierto.
miércoles, 12 de enero de 2011
La Danza de la Muerte
Estamos ciegos, caminamos a oscuras palpando sólo aquello que nos impide continuar. No hay quién nos detenga en este afán de complacencia; nos amamos, nos queremos, nos idolatramos por encima de todas las cosas: de la noche, de la mañana, de lo bello y lo feo, del dolor o la esperanza. No hay quién nos detenga. No. Danzando ese vals peligroso, somos muertos vivientes en este mundo hedonista. Los caminantes de la muerte, otra metáfora fantástica de este mundo inerte; una reseña más, de que sólo unos pocos somos inmunes al virus maldito, a esta enfermedad que vive en el aire y que se introduce en nuestros pulmones infestando de inmediato el resto del cuerpo. Y del otro lado, la lucha por la supervivencia, que jamás ha sido tan difícil. Luchar o morir. No hay más opciones, supongo que nunca las hubo, por eso un día en el corazón de África algo nos impulso a bajar de un árbol. Sin embargo ahora, somos ese lobo que devora al hombre ante la pasividad del resto de congéneres, porque lo fundamental es saciar este hambre voraz.
Ya quedamos pocos.
Parapetada tras esta alambrada, sólo ansío que alguien oiga este mensaje, y que el eco de mi voz resuene en vuestras cabezas. Mientras tanto seguiré gritando que no quiero bailar la danza de la muerte.
martes, 14 de diciembre de 2010
Absurdo
Resulta cada vez más difícil andar por el mundo. Y me explico. No me refiero al evitar charcos y adoquines levantados, a sortear coches aparcados en doble fila sobre la acera, o a intentar ir al mercado sin ser aplastada por la marabunta. Cuando eramos niños nos enseñaron que no debíamos hablar con desconocidos, que no debíamos ir con extraños. Incluso los cuentos infantiles que nos leían cada noche: caperucita, los siete cabritillos, nos advertían de los peligros que nos acechaban en el exterior. Pero ahora, sin embargo, todas aquellas advertencias no sirven de nada: porque nada es lo que parece. Parapetados tras máscaras y antifaces, viviendo un perpetuo carnaval de mentiras y engaños. Vendemos un mundo ficticio, un sueño que algunos han convertido en pesadilla.
Y me pregunto, ¿ y ahora qué?
Somos quizá ese reflejo esperpéntico que vemos en el espejo, ese mundo de charanga y pandereta que alarga o acorta su levita dependiendo de la moda.
Ahora que el lobo come de mi mano, he de esconderme tras las zarzas para que no me encuentre caperucita, y los enanos de Blancanieves crecen y se multiplican a mi alrededor intentando ser el más bello. A veces, me cansa en sobremanera, jugar a este juego absurdo y elevo mis quejas hacia un cielo que ya no me escucha. Ahora, toca esperar. Recorrido ya todo el camino, me he dispuesto a vivir en otro mundo, en ese que un día se inventó un principito, y que ahora, ha subarrendado a otros tantos idiotas, como yo.
Y me pregunto, ¿ y ahora qué?
Somos quizá ese reflejo esperpéntico que vemos en el espejo, ese mundo de charanga y pandereta que alarga o acorta su levita dependiendo de la moda.
Ahora que el lobo come de mi mano, he de esconderme tras las zarzas para que no me encuentre caperucita, y los enanos de Blancanieves crecen y se multiplican a mi alrededor intentando ser el más bello. A veces, me cansa en sobremanera, jugar a este juego absurdo y elevo mis quejas hacia un cielo que ya no me escucha. Ahora, toca esperar. Recorrido ya todo el camino, me he dispuesto a vivir en otro mundo, en ese que un día se inventó un principito, y que ahora, ha subarrendado a otros tantos idiotas, como yo.
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