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martes, 18 de enero de 2011

Cuento de un mundo inventado

Dibujo de Carolina

Mamá, cuéntame un cuento.
Sin princesas, ni castillos
porque se los lleva el mar cuando vuelve.
De ese bosque que es amigo,
de ese sol pequeñito
escondido en mi armario.

Mamá, por favor,
cuéntame un cuento.
De los granitos de arena que flotan en el aire,
de tu amiga la luna que se mece en las nubes.
De la duna amable que mira cuando paso,
de esa estrella de mar que se perdió en el cielo.

Inventa una historia,
llévame contigo,
 a ese mundo que hay tras la puerta del coche.
Donde la golondrina no siente la escarcha,
donde las flores jamás se marchitan.
Donde las casas son casas y no chocolatinas.

Constrúyeme un mundo,
sin niños de madera,
sin hadas buenas,
ni brujas malas.
Quiero un mundo sin espejos,
aléjame de las sendas doradas.

Mamá,
quiero un cuento,
y que mi caballo blanco no sea un unicornio.
Quiero que las gotas de rocío vuelvan a mis ojos,
que las lágrimas busquen un sendero al río,
y que el valle encantado traiga de vuelta el dinosaurio perdido.

¡Mamá!, ¡Mamá!
duerme esta noche a mi lado,
se mi lucero y recorre conmigo el camino,
préstame el calor de tus entrañas,
dibuja tu sonrisa en la mía.
Mamá, mamá,cuéntame un cuento.

miércoles, 21 de abril de 2010

AYA SOFIA (II PARTE)


Decidí quedármela, al fin y al cabo, era un regalo divino, el hijo tan ansiado que mis viejas entrañas ya no podían engendrar. Tardé varios días en encontrar un nombre apropiado para ella, pero el destino me trajo aquí en el siguiente mercado. Aquella mañana la ciudad estaba atestada de peregrinos, era casi imposible circular por las calles; de repente, nos rodeó una multitud y aún no se bien como, la niña se me cayó de los brazos. La angustia se apoderó de mí, creí que la había perdido para siempre; cuando fui capaz de moverme había transcurrido tanto tiempo que ya la daba por muerta. Pero al agacharme me encontré con esos ojos negros que me miraban, moviendo aquellos bracitos, y al abrazarla me sonrió; como si a pesar de su corto entendimiento me estuviese agradeciendo que la salvase de nuevo. Entonces supe que debería de llamarse Sofía; allí delante de su templo, ella, y no yo, le había devuelto la vida. Así ha transcurrido nuestra vida hasta hoy, entre pesares y alegrías nos hemos acompañado mutuamente; pero desde hace un tiempo me siento afligida, ya no soy la mujer que fui, los avatares del tiempo merman mis fuerzas, y se, que mis días están llegando a su fin. Por eso ahora, mi señor, le suplico que se haga cargo de ella, para que esta vieja deje ya de sufrir.
El Sultán accedió inmediatamente a la petición de la anciana, y se llevó a la joven con él al palacio de Topkapi. Al llegar, las más jóvenes del harén fueron las encargadas de asearla; se les ordenó que no escatimaran ni en tiempo, ni en dinero, debía de estar perfecta para aquella noche.
Tras terminar la reunión semanal con sus ministros, se dirigió de nuevo al palacio; esperaría el anochecer en sus aposentos. La curiosidad por encontrarse con la muchacha nublaba su juicio, y no sabía el por qué. Hacia horas que no se podía concentrar en nada, ni siquiera el olor de los vientos de guerra,que se aproximaban, borraban la imagen de su memoria.
En el momento que el sol empezó a ocultarse por el oeste, las puertas de su habitaíón se abrieron; tras ella, aparecieron dos enormes estatuas de ébano, eran los eunucos encargados de vigilar el harén, y que en aquel instante custodiaban a Sofía. Los despidió a ambos, y también a su guardia personal, a pesar de su férrea opsición; anhelaba estar con ella a solas, necesitaba empaparse de su vida, y de sus palabras. A medida que ella entraba en la habitación, la tenue luz iba iluminando su figura; las suaves sedas que envolvían su cuerpo sólo ocultaban parcialmente aquellas largas piernas, que parecían esculpidas por un artista. El joven se fue acercando a ella despacio, entendía que se sintiese asustada, rodeada por extraños en un lugar desconocido. Le tendió sus manos, y entonces sus miradas se cruzaron. Es hermosa- pensó el Sultán - tanto que supera a las doscientas concubinas que residen en mi harén. Sintió, en seguida, que su cuerpo era presa del deseo, su verga inhiesta pujaba dentro de sus pantalones como una bestia enjaulada; tenía que ser suya pero no quería que fuese a cualquier precio.
Se sentaron en el diván dispuesto en la ventana, charlaron animadamente, y bebieron vino; la noche estaba resultando maravillosa, las carcajadas inundaban la estancia, y el presagio de lo que acontecería flotaba en el ambiente.
Sus cuerpos embriagados se necesitaban, se buscaron con la mirada hasta que se fundieron en uno solo. Se besaron, frenéticamente, como si el mundo se fuese a terminar en unas horas. Entonces ella se levantó, y sentada sobre él, lo despojó de la camisa; con la punta de su lengua recorrió uno a uno todos los centímetros de su piel, acarició su nuca y su espalda con las yemas de los dedos, hasta que lo sintió gemir. Entonces le cogió una de sus manos, y le indicó el camino hacia su sexo húmedo, que palpitaba bajo aquellas lujosas gasas. Poco a poco, el muchacho la fue despojando de sus vestidos; el satén resbaló delicadamente por sus hombros, dejando al descubierto la turgencia de sus pechos; entonces se regodeó lamiéndolos hasta que sintió como se endurecían ante el contacto con sus labios. Durante un instante, ambos se miraron, manteniéndose en silencio; no había palabras en el mundo que les diesen consuelo, para que habían de malgastarlas. Se besaron, se abrazaron de nuevo, hasta que finalmente se poseyeron. Abandonados a su suerte, navegaron a la deriva hasta bien entrada la madrugada; ninguno de los dos quería volver a puerto. Aquella noche se juraron amor eterno; al día siguiente, el Sultán anunció su compromiso, y concedió a sus concubinas una carta de libertad.

martes, 20 de abril de 2010

AYA SOFIA


Aquella mañana decidió salir del palacio, a pesar de que su guardia le aconsejaba lo contrario; los ánimos se habían ido caldeando a medida que pasaban los días, y por su bienestar, los jenízaros rodeaban la ciudad apostados en lo alto de las murallas cubriendo las entradas y las salidas. El palafrén lo esperaba en el patio con su nueva adquisición; a sus ojos aquel animal era el ser más bello que había encontrado sobre la faz de la tierra.
Con paso firme se dirigió hacia la aldea, era día de mercado y las calles estaban atestadas de gentes; entre el bullicio de los que ofrecían voz en grito sus mercancías, se alzaban las de otros que regateaban intentando ajustar el precio. A medida que su corcel avanzaba, sintió en su piel la caricia de las sedas que ondeaban en los puestos, el color de los tapices teñían el paisaje a su alrededor, aumentando y disminuyendo la luz, como la haría el sol en su recorrido diario. Llevaba ya, tanto tiempo recluido, que su mente anestesiada no era capaz de asimilar tal cantidad de estímulos; de repente se sintió mareado, pero no quiso hacer un alto en el camino, prefirió continuar, y seguir deleitándose en aquel maremagnum. La calle llegaba a su fin, como un río que está a punto de colisionar en su encuentro con el mar, allí en la entrada a la plaza central el gentío se agolpaba en un intento de no ser arrastrados por la fuerte corriente. Era una plaza octogonal, y cada puesto, desde tiempos inmemoriables tenía su lugar; a la derecha las hogazas de pan blanco, aún humeantes, estaban dispuestas de forma piramidal, de forma que si algún ladronzuelo echaba mano de una de las de abajo, el resto se caerían, poniendo en sobreaviso al panadero. A su lado, y siempre en sentido contrario a la luz del sol, iban colocándose la fruta, la verdura, las especias, hasta llegar por último a los puestos de la carne y el pescado. Al llegar a la ciudad, a todos sus visitantes les extrañaba sobremanera, aquella particular disposición; y por supuesto, el Sultán también lo percibió, e hizo llamar a uno de los mercaderes para que le diese una explicación. El pescadero, fue el elegido, con presteza se presentó ante su amo portando el delantal lleno de sangre y de visceras; dejó caerse al suelo suplicando clemencia a su señor. A su señal, dos guardias lo levantaron del suelo, y uno de ellos le transmitió la pregunta al tembloroso mercader.
Con voz entrecortada le explicó que a lo largo de los siglos se había hecho de esa manera, por que los antiguos habían descubierto que los puestos colocados a la derecha recibían todo el calor del sol desde el alba hasta el mediodía; así pues llegada la tarde, la pestilencia emanaba de sus puestos debido a que la carne y el pescado comenzaban a pudrirse, ahuyentando a todo aquel que se acercaba dispuesto a dejarse sus monedas.
El Sultán complacido por la oratoria del vendedor, desmontó decidido a dar un paseo y mezclarse con el tumulto. Sus sentidos se veían ahora embriagados por los olores que se entremezclaban en el ambiente, era como una paleta inmensa de acuarelas reposando unas sobre otras, intercalándose, y volviéndose a separar por la mano de un pintor atrapado por sus musas. De repente algo llamó su atención, era el puesto más humilde de todo el mercado; el toldo que algún día había sido de un majestuoso color rubí, estaba hecho jirones, y pendía a ambos lados de un modo no predeterminado. Através de él, tímidos rayos de sol se colaban para reposar sobre la multitud de saquitos dispuestos a lo largo del mostrador; en el frente de cada uno de ellos rezaba un nombre: romero, hinojo, laurel, diente de león, manzanilla, té rojo, té negro, y así una larga lista que no parecía tener fin. Se quedó maravillado observándolos, embobado con aquella anciana, que con cada saquito vendido, obsequiaba a sus clientes con una historia. No podía dejar de escucharla, había algo en ella que lo atraía como un imán; hasta que de pronto, la anciana posó sus ojos en el joven Sultán, que permanecía allí de pie, como si de una estatua se tratase, sin hacer el más mínimo ruido. La anciana se le acercó, y tendiéndole una mano lo invitó a que la acompañase a su lado.
- Déjeme que le cuente una historia joven príncipe - acertó a decir la mujer. Ahora que mis días están llegando a su fin, necesito vaciar la difícil carga que he llevado estos años conmigo.
El joven parpadeo suavemente, y con un ligero movimiento de cabeza, le confirmó que estaba de acuerdo.
Entonces ella prosiguió: Aprendí este oficio de niña, ya que mis padres también eran mercaderes. He ido de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad, ofreciendo mi mercancía al mejor postor, sin ningún sitio al que regresar, sin el calor de un hogar que me resguardase en las frías noches de invierno. Por esta razón tampoco quise casarme, no podía hacerme a la idea de vivir de otra manera, y tampoco he tenido hijos, aunque, si le digo la verdad, a veces los eché de menos. Pero, un buen día, hace unos años, Dios escuchó mis plegarias, y de vuelta del mercado encontré algo en el camino. Era un fardo pequeño, de lienzo blanco, y enseguida pensé, en las buenas monedas que conseguiría por él, en el siguiente pueblo. Apuré el paso por miedo a que alguien más lo hubiese visto, y cuando lo tuve en mis manos, un gemido salió de dentro. Era ella; con una mano levantó una manta andrajosa tirada en el suelo,que estaba su lado, y con la otra señaló el cuerpo que descansaba debajo.
El muchacho, estupefacto ante tal acontecimiento, no tuvo palabras y le pidió amablemente a la anciana que continuase con la historia.